08 febrero 2011

Con el corazón y las manos limpias


@padrejohan

Es de buena educación comer con las manos limpias, y no lo hacemos solo por el cumplimiento de la norma de urbanidad sino por respeto a los demás. Pero más allá del acatamiento de la regla, podemos profundizar en el agradable corazón que con su pureza alaba al Señor, sin prejuicios, sin mascaras ni apariencias de unas manos limpias.
En el evangelio de san Marcos (7, 1-13), percibimos las aparentes y falsas disposiciones de cumplir la ley por parte de los fariseos, que reprochaban a Jesús la manera como sus seguidores tomaban los alimentos, “los discípulos de Jesús comían con las manos impuras” (Mc 7, 2). En consideración que los fariseos tenían la tradición de no sentarse a la mesa sin lavarse las manos, a demás de otros rituales exteriores de purificación de objetos.
Ante esta situación Jesús no le importa que ninguna norma de urbanidad, o mejor dicho una tradición farisaica, que creada por el hombre pretenda estar por encima de las leyes divinas. Para Cristo la pureza del corazón es más importante que comer con las manos limpias, “este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (Mc, 7, 6). Es un total rechazo a la piedad externa y legalista.
La preocupación del Cristo no es la manera de ornamentar nuestro culto, ni cumplimiento exterior de los preceptos recomendados para alcanzar la salvación. Sino el cumplimiento del precepto con el fruto interior que nos lleve a ataviar nuestro testimonio con un sincero corazón.
Lavemos nuestras manos, pero más importante es lavar nuestro corazón para que cada palabra que salga de nuestros labios, y cada acto piadoso de nuestra vida espiritual, sea una agradable y sincera manera de alabar a Dios. Lavemos nuestras manos, pero también nuestro corazón.