09 junio 2014

“La Cultura del Encuentro” que propone el papa Francisco



Pbro. Johan Pacheco

“Dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mateo 5, 9). Y que gran hijo de Dios, el Papa Francisco, con su persistente entusiasmo para rezar y crear una cultura de encuentro en el mundo de hoy. Lo vimos en su reunión con el presidente de Israel y Palestina orando y buscando caminos de convivencia pacífica para Tierra Santa, e invitando a toda la humanidad a tener valor para para rechazar la violencia.

De “la cultura del encuentro” el Pontífice nos habla en el mensaje de la LVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, enfatizando que “los muros que nos dividen solamente se pueden superar si estamos dispuestos a escuchar y a aprender los unos de los otros. Necesitamos resolver las diferencias mediante formas de diálogo que nos permitan crecer en la comprensión y el respeto. La cultura del encuentro requiere que estemos dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros”. 

Es verdaderamente significativo este ejemplo de cultura de encuentro que ha logrado el Santo Padre, reuniendo a los presidentes Simon Peres y Mahmoud Abbas. De allí, no sola para Tierra Santa, sino para muchas naciones podrían nacer frutos de sana  convivencia. Es una oportunidad para que todos, especialmente los lugares en conflicto de cualquier índole –político, económico, social, cultural o religioso-, aprendamos a derribar las barreras que nos dividen. Acá en Venezuela lo tenemos que ver un ejemplo claro de que si podemos: encontrarnos, escucharnos, dialogar, dar y recibir.

Para ello insiste el Papa en perseverar en el diálogo, con la paciencia necesaria que robustezca una convivencia respetuosa y pacífica. Esta deben ser nuestras armas, para combatir la tentación de la violencia y el odio que corrompe las relaciones entre hermanos. Estas recomendaciones son aplicables al plano familiar y a cualquier ámbito de la vida social.

Pero para ello debemos tener valor, para crear esa cultura de encuentro con el diálogo, la negociación, el respeto, la sinceridad, y la ayuda de Dios. “Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez. Para todo esto se necesita valor, una gran fuerza de ánimo”, dijo Francisco en los jardines del Vaticano durante esta invocación por la paz.

Necesitamos la ayuda de Dios, porque el maligno por diversos medios siempre intentara impedir la paz de nuestros pueblos, por ello oremos con el papa Francisco:

Señor, Dios de paz, escucha nuestra súplica. Hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas... Pero nuestros esfuerzos han sido en vano. Ahora, Señor, ayúdanos tú. Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir: «¡Nunca más la guerra»; «con la guerra, todo queda destruido». Infúndenos el valor de llevar a cabo gestos concretos para construir la paz. Señor, Dios de Abraham y los Profetas, Dios amor que nos has creado y nos llamas a vivir como hermanos, danos la fuerza para ser cada día artesanos de la paz; danos la capacidad de mirar con benevolencia a todos los hermanos que encontramos en nuestro camino. Haznos disponibles para escuchar el clamor de nuestros ciudadanos que nos piden transformar nuestras armas en instrumentos de paz, nuestros temores en confianza y nuestras tensiones en perdón. Mantén encendida en nosotros la llama de la esperanza para tomar con paciente perseverancia opciones de diálogo y reconciliación, para que finalmente triunfe la paz. Y que sean desterradas del corazón de todo hombre estas palabras: división, odio, guerra. Señor, desarma la lengua y las manos, renueva los corazones y las mentes, para que la palabra que nos lleva al encuentro sea siempre «hermano», y el estilo de nuestra vida se convierta en shalom, paz, salam. Amén.