24 abril 2015

¿Por qué hoy un Jubileo de la Misericordia?



“¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo” (San Lucas 24, 38-39). Así la celebración de la pascua es la fiesta de la misericordia, así se presenta Jesucristo a sus discípulos.

Así misma es también la fiesta del Jubileo Extraordinario de la Misericordia convocado por el Papa Francisco, aparece para seguir llenando de alegría el corazón de muchos discípulos que reconocen a Jesús al partir el pan eucarístico, o escuchar su Palabra, y ven el rostro de la misericordia.

No deben surgir entonces en nosotros dudas sobre la disposición de Cristo para amarnos, levantarnos del camino y llevarnos a su paz, sólo debemos ver como muestra sus llagas a los discípulos, con la disposición de predicar la conversión y el perdón de los pecados. Recordó el Papa en su homilía del domingo de la Misericordia que Jesús “nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso”. 

Y este es el deseo del Pontífice que convoca un año de la misericordia, que la humanidad entera entre en el misterio de la llagas de Jesucristo, para que desde esta experiencia el hombre y la mujer de hoy aprenda también a ser misericordioso con el prójimo.

También el Papa Francisco en las vísperas del II domingo de Pascua respondió a la pregunta “¿por qué hoy un Jubileo de la Misericordia?”, diciendo que es el tiempo para que la Iglesia redescubra su misión: ser signo e instrumento de misericordia; y para que todos percibamos el calor del Buen Pastor cuando nos cargue sobre sus hombros para llevarnos a la casa del Padre.

“Simplemente porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Éste no es un tiempo para estar distraídos, sino al contrario para permanecer alerta y despertar en nosotros la capacidad de ver lo esencial. Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre (cf. Jn 20,21-23). Por eso el Año Santo tiene que mantener vivo el deseo de saber descubrir los muchos signos de la ternura que Dios ofrece al mundo entero y sobre todo a cuantos sufren, se encuentran solos y abandonados, y también sin esperanza de ser perdonados y sentirse amados por el Padre. Un Año Santo para sentir intensamente dentro de nosotros la alegría de haber sido encontrados por Jesús, que, como Buen Pastor, ha venido a buscarnos porque estábamos perdidos. Un Jubileo para percibir el calor de su amor cuando nos carga sobre sus hombros para llevarnos de nuevo a la casa del Padre.” 

Con la imagen de los discípulos que se encontraron con Jesús, y se convirtieron en testigos de su rostro misericordioso, preparémonos para vivir el Jubileo de Misericordia con las características que se suscitaron en ellos, primero compartieron: “ellos le ofrecieron un trozo de pez asado” (San Lucas 24, 42), para mostrar así el ejercicio de la caridad; y segundo se fueron a predicar la conversión, ya que Jesús les dijo: “Vosotros sois testigos de esto” (San Lucas 24, 48).