31 julio 2015

La Eucaristía crea y educa la comunión


@padrejohan

“Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás” (Juan 6, 35) es la promesa tangible de la presencia de Dios en medio de nosotros. Alimentados por Jesucristo empezamos a vivir una comunión con la Iglesia y con el hermano gracias al don que se nos concede.

En la Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003), San Juan Pablo II nos afirma que la “Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación” (n° 11). 

Recibir a Cristo en sí mimo da una connotación de cercanía con cada persona, el Pan de Vida alimenta y fortifica al cristiano construyéndole un puente de encuentro con el prójimo, haciendo visible la comunión eclesial. Es alimento para un solo corazón y palpitar de una sola Iglesia, así la Eucaristía crea y educa la comunión.    

Esta intima unión y comunión con el Pan de Vida, nos hace conscientes de que no es un alimento metafórico el que recibimos sino verdadero Pan bajado del cielo, y que nos hace participes de ese Misterio eucarístico.  En Ecclesia de Eucharistia (n° 16), Juan Pablo II lo explica insistiendo que “la Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. Cuando Jesús anuncia por primera vez esta comida, los oyentes se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad objetiva de sus palabras: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6, 53)”.

Así la Eucaristía como sacramento de comunión eclesial nos lleva a testimoniarla y educarla, viviéndola de manera particular en la celebración del Día de Señor. Siendo el domingo dedicado a educarnos en la comunión que edifica la Eucaristía.

También San Juan Pablo II refiriéndose a la Eucaristía Dominical, como un “deber irrenunciable, que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto”, ha dicho en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte (2001), “es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad” (n° 36).

“Señor danos siempre de ese Pan” (Juan 6, 34) que nos funde en una profunda comunión contigo y con nuestros hermanos, que fortalece la vida cristiana de la Iglesia. Y sacia nuestra hambre y sed de ti, Señor, ante las adversidades del mundo para crear y educar la comunión.