15 agosto 2015

La Virgen de la Consolación es oyente, orante, madre y oferente



@padrejohan

La Madre de Dios asunta al cielo en cuerpo y alma, es la Virgen de la Consolación, intercesora de los afligidos siendo oyente, orante, madre, y oferente como la presenta el Papa Pablo VI en la Exhortación Apostólica Marialis Cultus (MC). Siendo consoladora le veneramos como modelo de espiritualidad de la vida cristiana en el orden de la esperanza, la caridad y la perfecta unión con Cristo.

La Virgen María consuela a sus hijos primeramente porque es “Virgen oyente” tiene la paciencia materna de atender cada suplica. Pero principalmente porque “acoge con fe la palabra de Dios: fe, que para ella fue premisa y camino hacia la Maternidad   divina” (MC 17), que luego la hace también Madre de la humanidad.

Es de igual manera “Virgen orante” que testifica su permanente dialogo con Dios, en un espíritu de alabanza e intercesión. Los relatos bíblicos permiten contemplarla en oración en su visita a Santa Isabel, recitando su oración por excelencia: el Magníficat (Lucas 1, 46-55); o suplicando a su Hijo por las necesidades en la Boda de Cana (Juan 2, 1-12); y luego en oración persevante junto a los apóstoles. Resalta Pablo VI su importancia porque la “presencia orante de María en la Iglesia naciente y en la Iglesia de todo tiempo, porque Ella, asunta al cielo, no ha abandonado su misión de intercesión y salvación” (MC 18).

De manera especial los creyentes percibimos el consuelo de la “Virgen Madre” que no desampara a sus hijos, y que muestra está “prodigiosa maternidad constituida por Dios como ‘tipo’ y ‘ejemplar’ de la fecundidad de la Virgen-Iglesia, la cual se convierte ella misma en Madre, porque con la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos, concebidos por obra del Espíritu Santo, y nacidos de Dios" (MC 19).  ´

También el Papa Pablo VI reflexiona sobre la “Virgen oferente”, teniendo en cuenta la Presentación de Jesús en el Templo (Lucas 2, 22-35) que orienta hacia el misterio salvífico de la cruz, siendo una “continuidad de la oferta fundamental que el Verbo encarnado hizo al Padre al entrar en el mundo” (MC 20). Por lo cual vemos a la Virgen que consuela cooperando con la obra salvadora de Jesucristo.

La Virgen de la Consolación así se nos presenta como maestra de espiritualidad que sabe acoger la Palabra, para vivirla en la misión del mismo evangelio siendo cercana a sus hijos, escuchando sus suplicas y llevándoles a Jesucristo, para dar consuelo ante la adversidades del mundo.