06 septiembre 2015

Somos una sola familia humana



@padrejohan

Seguimos viendo imágenes que entristecen a la humanidad, hombres y mujeres emigrantes, desplazados por la violencia, entre ellos familias que terminan separadas por la muerte de alguno de sus miembros en busca de un lugar seguro. ¿Puede verdaderamente compadecernos una fotografía del emigrante sufriendo o muerto?; o mejor debemos vivir la cercanía con ellos para comprender que somos una sola familia humana.
 

Es la proximidad con la persona la que realmente nos hace compasivos, y no solo observando a la distancia las noticias de quienes padecen la emigración. Es como lo recuerda en diversas ocasiones el Papa Francisco “tocar la carne de Cristo”, que sufre también en el emigrante; o como el mismo Jesucristo lo enseña en el evangelio tocando con sus manos a quienes padecían para sanarlos.

El evangelio de San Marcos (7, 33-35) narra uno de esos episodios: “Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Abrete». Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente”.

El contacto de Jesucristo con la persona que sufre se hace humanitario, en atención a su dignidad. Tocó y sanó, palpando sus necesidades, llevándolo consigo y liberándolo con su Palabra. Pero también con sus acciones, haciendo de la compasión un acto de caridad, amando para sanar, y ayudando al prójimo abrir caminos de paz en su peregrinar, entendiendo que somos una sola familia humana.

El Papa emérito Benedicto XVI decía que la motivación para ayudar  a los emigrantes la encontramos en “la reserva de amor que nace de considerarnos una sola familia humana y, para los fieles católicos, miembros del Cuerpo Místico de Cristo: de hecho nos encontramos dependiendo los unos de los otros, todos responsables de los hermanos y hermanas en humanidad y, para quien cree, en la fe” (Mensaje para Jornada del Emigrante, 2011).

Emigrantes o no, somos una sola familia humana y el amor que aproxima a las personas, es el reconocimiento del otro como hijo de Dios. No observando las noticias y laméntanos se vive la compasión, sino con las buenas obras y la oración que une y fortifica la Iglesia que traspasa cualquier frontera geográfica para entrar en el corazón del prójimo.