27 febrero 2016

Frutos de misericordia: corporales y espirituales





“Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante” (Lc 13, 8-9), es la plegaria del Viñador que suplica la misericordia divina, pero también un llamado a la conversión al pueblo estéril que no muestra los frutos de santidad.


Esta parábola hoy la vivimos de manera personal en la esterilidad de la respuesta a la llamada de Dios a la conversión. En pleno Jubileo de la Misericordia, resuena el llamado a ser higuera fértil cuyos frutos sean encontrados por Dios como signo de adhesión a su invitación compasiva y misericordiosa.

Remover la tierra de nuestro ser cristiano, equivale a sentirnos pecadores pero con el arrepentimiento y la decisión de aceptar el llamado de Dios, convirtiendo la higuera infértil en frutos que se cultivan cada día con la misericordia de Señor.

Por tanto estos frutos deben ser de misericordia. El Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma 2016, afirma que “es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales”.

Y estas obras deber ser visibles “en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados”. También explica el Santo Padre que “mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar”.  

El Jubileo de la Misericordia es un tiempo propicio para abonar nuestra vida cristiana con el amor misericordioso de Dios, escuchando su Palabra, viviéndolo en el sacramento de la Reconciliación, y cosechando los frutos de las obras de misericordia de ahora en adelante.