07 marzo 2016

“Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso”





La parábola del hijo pródigo abre nuestro corazón a una esperanza siempre presente, el encuentro con Dios Padre dispuesto con sus brazos abiertos para recibirnos en su infinito amor misericordioso, y nos reconcilia por medio de Jesucristo para ser nuevas criaturas.


En el cuarto domingo de Cuaresma el Evangelio nos relata la alegría de un padre que se regocija con el arrepentimiento y la conversión de su hijo. "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado" (Lc 15, 22-24).

El Jubileo de la Misericordia es esta fiesta de encuentro con Dios, es la oportunidad de experimentar en el sacramento de la Reconciliación el abrazo de la misericordia, para recibir la gracia de Cristo y vivir en su amor. Como lo expresa San Pablo: “el que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Cor 5, 17).  

En una oportunidad también el Papa Francisco ha hablado de ésta experiencia del abrazo de Dios; decía en una catequesis: “queridos amigos, celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos la hermosa, hermosa parábola del hijo que se marchó de su casa con el dinero de la herencia; gastó todo el dinero, y luego, cuando ya no tenía nada, decidió volver a casa, no como hijo, sino como siervo. Tenía tanta culpa y tanta vergüenza en su corazón. La sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta. Pero yo les digo: cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta” (19 de febrero de 2014).

El sacramento de la Penitencia es una Puerta Santa que estamos invitados  atravesar con el vivo entusiasmo de la conversión, y la confianza de ser recibidos por un Padre amoroso que hace fiesta por el retorno de sus hijos. Abracemos a Cristo en la Confesión, y abracemos al prójimo como testimonio de nuestra reconciliación.