19 noviembre 2016

La misericordia de Dios no termina



Hemos peregrinado durante el Jubileo de la Misericordia y, durante este tiempo vivimos las obras de misericordia como un camino para apreciar a “Jesucristo, el rostro de la misericordia del Padre”, en cada hermano que hemos abrazado con los sentimientos de Cristo.
 

Y como ha recordado el Papa Francisco en la última catequesis de este jubileo: “no se cierra el corazón misericordioso de Dios, no se apaga su ternura para con nosotros pecadores, no cesan de brotar los ríos de su gracia. Del mismo modo, nunca se pueden cerrar nuestros corazones y no podemos dejar de cumplir nuestras obras de misericordia hacia los necesitados. Que la experiencia de la misericordia de Dios, que hemos vivido en este año jubilar permanezca en ustedes como inspiración de la caridad hacia el prójimo”.

El corazón de Dios está abierto por su misericordia, que nos sigue exigiendo un compromiso testimonial de su obra redentora en el mundo. Somos llamados  a ser testigos de la misericordia, este llamado no cesa con el jubileo. Por el contrario se abre la oportunidad de compartir los frutos de aquello que la misericordia ha hecho en nosotros.

Al reconocer a Jesucristo Rey del Universo, de nuestra vida, entramos por la Puerta Santa que nos conduce al corazón del cual brota paz y misericordia. Permanezcamos en el corazón de Cristo, amando y sirviendo como Él mismo lo hace con nosotros.

Al finalizar el Jubilo de la Misericordia “tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia –expresó el Santo Padre-. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que derrame su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro” (MV 5).


La misericordia de Dios no se termina, guiados por el amor de su Santo Espíritu somos llamados a continuar la tarea de anunciadores y testigos de un corazón misericordioso que permanece abierto para cobijar a cuantos arrepentidos buscan Dios.