12 noviembre 2016

La misericordia derriba los muros del corazón



Los hijos de Dios somos privilegiados por el amor misericordioso que nos une a Él, por tanto deberíamos ser agentes de unión, reconciliación y paz. Pero es evidente que en el mundo se sigue debatiendo entre construir más muros, taparse los oídos para no escuchar y gritar para no generar un diálogo conveniente entre las partes.

Si el mundo persiste en la vileza de los muros y no dialogar para reconciliarse, los cristianos no debemos dejar encerrarnos por las tiranías o ideologías que denigran a la persona humana. Con más insistencia es necesario perseverar en la experiencia de la misericordia.

Ante estas realidades el Santo Padre exhortó a vivir la misericordia en el III Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, decía: “La misericordia no es fácil, no es fácil… requiere coraje. Por eso Jesús nos dice: «No tengan miedo» (Mt 14,27)”.

Porque la misericordia derriba primero los muros del corazón para encontrarse con el otro y dialogar. “Queridos hermanos y hermanas –decía el Papa-: todos los muros caen. Todos. No nos dejemos engañar. Como han dicho ustedes: Sigamos trabajando para construir puentes entre los pueblos, puentes que nos permitan derribar los muros de la exclusión y la explotación”.

La práctica de la misericordia de Dios para no perder la identidad cristiana nos asegura que estamos construyendo puentes que permiten la libertad y el desarrollo del ser humano en su integralidad. Un desarrollo, explicaba Francisco, “que incluye a todos los pueblos y personas en la plenitud de su dignidad, disfrutando fraternalmente de la maravilla de la Creación. Ese es el desarrollo que necesitamos: humano, integral, respetuoso de la Creación, de esta casa común”.

Todo diálogo genera frutos, pero sin la vivencia de la misericordia de Dios lo muros de la discordia, el egoísmo y los intereses particulares seguirán dañando la cosecha de la paz, la justicia y la reconciliación en nuestros pueblos.