04 marzo 2017

Ser antorchas vivas desde la fe



El compromiso de todo bautizado abraza la fuerza que el Espíritu Santo proporciona para vivir la gracia de ser sal de la tierra y luz del mundo, dos elementos que dan sabor y sentido a la vida del cristiano. Por ello con el Evangelio (Mt 5, 13-16) entendemos que ni la sal puede ser insípida ni la luz se puede escondida.


“Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo” (Mt 5, 16), así pide Jesús a sus discípulos, los bautizados, ser antorchas vivas desde la fe que ilumine y den sabor al pueblo sediento de Dios para que no se desvirtúe.

“La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella el resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz”. (Lumen Fidei, 57)

Con estas palabras el Papa Francisco en su Carta Encíclica Lumen Fidei, nos indica como Dios se hace presente en la vida del bautizado para acompañarle y, así mantener encendida la luz que guía la senda de la fe e intacto el sabor que compromete a contagiar la caridad al prójimo.

La antorcha de la fe, es fuego que da luz a los pasos del cristiano que con su testimonio saboriza los frutos de esperanza y caridad que son compartidos en la comunidad como buenas obras para dar gloria a Dios.